El poder del perdón: cuando soltar se vuelve un acto de amor propio
- sofizermoglio
- Dec 12, 2025
- 4 min read

El poder del perdón: soltar para volver a mí
Durante mucho tiempo pensé que perdonar era un sentimiento que llegaba cuando el dolor finalmente desaparecía. Hoy sé que no.
El perdón, al menos para mí, no apareció como un sentimiento espontáneo, sino como una decisión consciente. Una elección que tomé cuando me di cuenta de que sostener el enojo, la decepción o el rencor me pesaba más que lo que había pasado.
Perdonar no es olvidar.
No fue justificar.
No fue minimizar lo que tanto dolió.
Fue reconocer lo ocurrido y, aun así, elegir no seguir atrapada en esos sentimientos negativos.
Perdonar implicó aceptar que algo me hirió profundamente.
Que hubo palabras, silencios y ausencias que dolieron.
Pero también implicó decidir que no iba a permitir que eso siguiera definiendo mi estado emocional ni mi manera de vincularme.
Entendí que mientras no perdonaba, esas personas —aunque ya no estuvieran en mi día a día— seguían teniendo poder sobre mí.
En mayor o menor medida, tenían poder sobre mi ánimo, mis pensamientos, mi energía. El perdón fue la forma de recuperar ese poder y devolverlo a donde siempre tuvo que estar: en mí.
Perdonar no significó volver pasos atrás. Mucho menos significó reconciliarme ni retomar vínculos que me habían hecho daño. El perdón fue interno. La reconciliación, si alguna vez existe, es otra historia.
Perdonar es una elección activa. No siempre llega cuando el dolor desaparece, sino cuando entendemos que seguir sosteniéndolo nos hace más daño que soltarlo.
Perdonar no significa decir “no fue tan grave”.
Significa decir: sí, pasó, dolió, me marcó… pero no voy a permitir que esto siga controlando mi vida emocional.
Cuando el dolor viene de vínculos cercanos
Gran parte de mi proceso tuvo que ver con amigas que no fueron amigas. Personas que se acercaron cuando necesitaban algo: apoyo, favores, contactos, contención… y que desaparecieron cuando ya habían obtenido lo que querían. Puf, dolió.
Durante mucho tiempo me pregunté qué había hecho mal. ¿En qué había fallado?
Porque no había sido suficiente. Hasta que entendí algo doloroso, pero profundamente liberador: no todas las personas saben cuidar, sostener o quedarse. Te usan y desaparecen. Y eso no habla de mi valor, sino del de ellas.
Guardar rencor fue como llevar una piedra invisible en el bolso. Nadie la veía, pero yo la sentía en cada paso. La otra persona seguía su vida liviana, mientras yo cargaba con algo que ya no me correspondía.
Perdonar fue soltar esa piedra.
No por ellas.
Por mí.
Cerrar la canilla emocional
También aprendí que perdonar es retirar la energía donde ya no hay reciprocidad. Es como dejar de regar una planta que nunca fue mía. Yo puse tiempo, presencia, cuidado. La planta creció… y cuando ya no me necesitó, se fue a otro jardín.
El perdón, en esos casos, no fue insistir ni esperar explicaciones. Fue cerrar la canilla emocional.
Aceptar que no todo vínculo está destinado a durar y que no toda despedida viene con un cierre claro.
Perdonar no fue volver a abrir la puerta. Fue cerrarla sin portazos, sin rencor activo, sin quedarme atada a lo que ya se había ido.
El perdón hacia mí misma
Tal vez lo más difícil fue perdonarme a mí. Por haber confiado. Por haber dado de más.
Por no haber visto antes. Por haberme quedado cuando ya dolía.
Perdonarnos por errores cometidos, por decisiones tomadas desde la emoción, el miedo o la necesidad. Por abrir la puerta de mi casa, de mi familia, de mi vida, a personas que no lo merecían.
No ver. No abrir los ojos. Confiar. Ayudar. Dar… sin pedir nada a cambio, ni siquiera respeto.
El autoperdón llegó cuando pude decirme, con honestidad y compasión: hice lo mejor que pude con lo que sabía y sentía en ese momento. Dejar de castigarme fue una de las formas más profundas de sanación.
El proceso de perdonar
Perdonar no fue lineal. Hubo días de claridad y otros de enojo. Pero el camino incluyó algunas decisiones clave:
– Reconocer el daño sin minimizarlo.
– Permitirme sentir lo que dolía, sin apurarme a “estar bien”.
– Elegir soltar el resentimiento, no porque no hubiera razones, sino porque quería vivir en paz.
– Buscar qué aprendizaje había detrás de cada experiencia.
– Actuar desde la libertad: poniendo límites cuando fue necesario, sin rencor.
-Meditar.
-Escribir.
-Escucharme y valorarme.
Perdonar no es olvidar
Y algo fundamental: perdonar no siempre implica reconciliación. El perdón es interno. La reconciliación es una decisión relacional. Se puede perdonar profundamente y, aun así, elegir no retomar un vínculo si fue dañino o desequilibrado.
No olvidé lo que pasó. Pero le quité poder.
El recuerdo sigue ahí, pero ya no manda. Ya no me define. Ya no controla cómo me siento ni cómo elijo vincularme.
Lo que el perdón me devolvió
Perdonar me devolvió calma. Me devolvió claridad. Me devolvió energía.
Cuando solté el resentimiento, también el cuerpo empezó a aflojar. Dormí mejor. Pensé con más claridad. Dejé de revivir escenas que ya no tenían lugar en mi presente. Y me olvidé de las dudas que me perseguían.
Perdonar es volver a casa
Hoy entiendo que el perdón no cambia el pasado, pero sí cambia cómo vive dentro mío.
No borra las heridas, pero evita que sigan abiertas.
No devuelve a quienes se fueron, pero me devuelve a mí.
Perdonar fue —y sigue siendo— un acto profundo de amor propio.
Una forma de decirme: Esto pasó. Dolió. Me marcó. Y aun así, elijo que no me controle más.
Ese es, para mí, el verdadero poder del perdón.









Comments