Amiga

No preguntaré tu nombre.

No querré saber quienes fueron tus padres.

No indagaré en el método y las formas que te educaron.

Tampoco buscaré los carteles de las calles que te cobijaron.

Haré oídos sordos cuando pronuncies palabras desconocidas en mi diccionario y no juzgaré los movimientos que trazas al son de melodías que no había escuchado.

No buscaré bajo tu falda si hay marcas de guerras perdidas, ni miraré las arrugas de las sábanas gastadas.

No pisaré las huellas de tus pasos en el camino andado.

Si difiero de ti, lejos de menoscabarte, abrazaré el río que nos divide y

cuando llames por mi nombre extenderé una mano abierta sin preguntas ni elocuencias.

Pondré un dedo en tu espalda.

Mediré tu edad por la facilidad de tu risa y tus penas por la

de tu espalda.

Tu pelo, la brisa,

las marcas, tu risa.


El rosario que rezas y los dioses que profesas.

Escucharé lo lejos que llega el grito desde el hondo de tus entrañas y honraré el pasado que corre por tus venas.

Besaré tu boca reseca y limpiaré tus labios de mentiras lejanas, secaré de tu rostro lágrimas derramadas; recogeré las hojas esparcidas del otoño en tu cuerpo y las regalaré al viento para que construyan un puente, así finalmente lograré alcanzarte.