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De qué hablo cuando hablo de escribir - Haruki Murakami

Updated: 3 days ago

Cuando leí De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami, entendí que no estaba leyendo sobre el oficio de la escritura. Estaba leyendo sobre resistencia, ritmo, soledad y cuerpo. Sobre lo que hace falta para sostener una práctica cuando ya no queda épica.

Murakami habla de escribir como quien habla de correr largas distancias. No desde el heroísmo, sino desde la constancia.

Murakami no es un escritor desbordado ni salvaje. No es un Bukowski. Hace una especie de oda a la rutina. Sí, a esa rutina que suma y abraza. Escribir todos los días. Cuidar el cuerpo. Aceptar la repetición. Confiar en que algo, aunque no sepamos exactamente qué, se va ordenando por dentro.


Quizás ahí esté lo más valioso del libro: en mostrar que la escritura no es un momento de iluminación, sino una práctica sostenida. Que la disciplina no le quita misterio a la creación, sino que la hace posible.


Y ahí algo me tocó.

Después de atravesar el cáncer, mi relación con la escritura cambió. Ya no escribo solo para decir algo, sino para escuchar. Para quedarme. Para sostener un ritmo que me permita seguir estando viva, presente, conectada. Escribir dejó de ser un acto mental y pasó a ser un acto corporal, energético, vital.

Murakami no romantiza la escritura. La vuelve terrenal. Y en eso hay algo profundamente sanador. Porque escribir, como sanar, no es un momento de iluminación.

Es una práctica silenciosa.

A veces incómoda.

A veces solitaria.

Casi siempre honesta.

Cuando hablo de escribir, habla de esto: de estar disponible, de no apurar los procesos, de confiar en el tiempo, de volver una y otra vez a la página como quien vuelve al cuerpo.

No para producir. Sino para habitar.


Es fantástico y no a la vez.

Si nunca has leído a Murakami, este no es el libro por el que empezaría. Para eso recomendaría cualquiera de sus novelas. Pero si ya lo has leído, este libro ofrece algo distinto: una forma honesta de entender cómo se construye una obra sin promesas, sin atajos y sin dramatismo.

Y eso, para quien escribe —o quiere escribir—, no es poco.


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